Viejo

Rollos de carne flácida ocultaban la silueta firme de una joven, quien yacía sobre la cama sucia del cuarto de motel. El viejo lo intentó. Mucho empeño puso en la tarea durante largo tiempo ansiada, si bien poco faltó a su corazón arrugado para rendirse definitivamente. No pudo tenerla. Su compañero inseparable, aquel que tantos cuerpos poseyó en sus días de lujuria juvenil, no pudo más. Ni aun con píldoras color azul logró ganar la dureza necesaria para realizar el trabajo. La chica sonrió. El viejo lloró. Se lamentó:

 

«Cuán lejos veo los días de mi juventud

las noches largas de bohemia y sexo

cuerpos curvos y hermosura en exceso

lumbreras inalcanzables a mi decrepitud.

 

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Los huesos del rey

El viejo rey supo que los días de gloria eran cosa del pasado. Los plebeyos murmuraban. A lo largo y ancho del reino se decía que los buenos tiempos del soberano magnífico eran ya una leyenda, y él un anciano decrépito sin poder. Las hienas conspiraban. El tiempo de la sucesión había llegado y los candidatos a usurpar la corona continuaban con su marcha ininterrumpida hacia el trono.

—No lo entiendo, mi fiel mono —dijo el rey—. Hemos gozado de paz y abundancia desde el momento mismo en que me hice al trono. La manada es numerosa y el reino próspero. El pueblo tendría que venerar a este atribulado príncipe, pero brinda apoyo a las hienas que maquinan en las sombras para derrocarlo.

—El vulgo es traicionero y veleidoso, mi señor —replicó el mono—. Únicamente siguen al fuerte. Tan pronto se deleitan con el hedor de la blandura osan clavar el puñal.

—Que la pitón se presente ante mí —ordenó el soberano—. Deseo guía espiritual.

El sirviente obedeció. La pitón atendió el llamado y serpenteó por las sabanas reales para entrevistarse con el gobernante. Era vieja, también. Fue compañía y guía del león en sus días de juventud, dándole con sus consejos y sabiduría las llaves del reino del valle.

—Mi fiel pitón —exclamó el viejo rey al verle—. Me alegra que hayas atendido el llamado de tu príncipe.

—Jamás me negaría a usted, mi señor —respondió ella al hacer una reverencia—. No importa que el destino haya dictaminado, con una crueldad extrema, que nuestros senderos habían de separarse y mi consejo no le fuese de más de utilidad. Pero aquí está su vasalla —le dijo al elevarse sobre la cola—. Hable pues, mi soberano, que esta vieja súbdita le escucha. Seguir leyendo “Los huesos del rey”

Tu amigo el tiempo

Mil noches sin dormir

un corazón roto cien veces

cuesta tanto llorar y admitir

que no calentará tu vejez.

Todo fue repentino.

No lo pediste, solo llegó

te embriagó cual dulce vino,

la resaca el alma te quebró.

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El mundo está mal

Estoy mal, tal vez

o es quizá el mundo

lo que está al revés

lo que hiede inmundo.

Los días fríos aburren

las noches cálidas enferman

injusticias las mentes carcomen

buenas ideas se sublevan.

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Al que madruga…

«Vaya idea de mierda», murmuró Juanito. «Nada de clientes y este frío doloroso en los huesos»

Juanito Estrella deambulaba por las calles aledañas a la clínica Quirama. Los primeros rayos del sol eran todavía esperados para marcar el inicio del día y el final de la gélida noche veraniega, pero Juanito, con muchos deseos por trabajar pocas horas y regresar a casa, estaba en búsqueda de clientes. Unos días atrás, al salir del hospital, repleto en orgullo y alcohol, reparó en la gran masa de personas que caminaba por allí antes del amanecer: empleados, amas de casa y estudiantes solían transitar por el sector antes de las seis de la mañana para ocuparse de los asuntos cotidianos. De allí la idea de, en contra de su rutina habitual, levantarse antes del amanecer para volver a los alrededores de la clínica y trabajar con disciplina.

Pero las cosas no resultaban bien para Juanito Estrella. Esa madrugada algunos policías vigilaban el sector y prestaban acompañamiento a los transeúntes; en especial a los estudiantes, sus víctimas preferidas. «Pronto amanecerá», pensó él. «He de apresurarme».

El trabajador diligente temía que el manto protector de la oscuridad se desvaneciera, y su empresa de hacer temprano el dinero del día se convirtiese en una quimera. Se puso más alerta. Y fijó un objetivo. A la distancia pudo distinguir unos auriculares blancos adornando las orejas de un viejo. Y un cable del mismo color que parecía unirlos con el objeto guardado en el bolsillo derecho del pantalón de su posible cliente. «Ha de ser un teléfono móvil lo que guarda en el bolsillo», razonó. «Es él». Seguir leyendo “Al que madruga…”

Vivir es cuestión de suerte

Podrías llamarlo destino

podrías invocar libre albedrío

¿No estarías clamando desatinos?

Díselo a quien nace en hogar podrido.

 

Nacer es cuestión de pura suerte.

No controlas el cuándo, ni el cómo

mucho menos el malvado en dónde.

Nacer, te lo juro, es como la muerte.

 

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¿Quién la tiene más larga?

Lo sé, no es un buen título. Pero me cuesta pensar en una frase diferente al recordar el tema de las amenazas nucleares entre el presidente de los Estados Unidos de América, el señor Donald J. Trump, y el monarca norcoreano, Kim Jong-Un.

El cruce de intimidaciones para determinar quién posee el mejor arsenal nuclear, o en palabras del primer mandatario estadounidense «el botón más grande», es una discusión, si se quiere, algo más trascendental sobre el viejo dilema masculino de quién la tiene más larga.

Una que nos arroja hacia los límites de la estupidez humana.

Parece que todo ha quedado en mera bravuconería -al menos por ahora-, si bien es imposible determinar cuándo resuelvan esos dos medirse el tamaño definitivamente.

Y preocupa que otros «líderes mundiales» también se la quieran medir.

Espero que jamás se decidan a hacerlo, pues el ego desaforado llevaría a la humanidad a un escenario impredecible y al final del orden social que ha imperado durante las últimas décadas; si bien imperfecto y depredador, uno que ha llevado cierto bienestar social a buena parte del globo.

Para finalizar, me pregunto: ¿qué sucede en las democracias civilizadas? ¿Por qué se eligen populistas y extremistas incendiarios como Donald Trump?

¿Es el fin de la sensatez?

Imagen: el comercio

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Crónicas # 1 – El jardín

Los vientos secos de la llanura, verdugos del buen ánimo, estaban resueltos a tostar la piel de los necios que insistieran en desafiarles. Y sucedía que al menos una veintena de hombres, formados en calle de honor para recibir al representante del emperador, habían de responderle al viento por la necedad de su comandante.

—Esto es una mierda. —Un deslenguado militar de protocolo susurró inconformidad—. Casi cuarenta grados centígrados y nosotros bajo el sol inclemente. Y para rematar, estas estúpidas máscaras no permiten respirar con normalidad.

—Podrías sacártela, si lo deseas —replicó el compañero a su lado. Le sonrió—. Hazlo si deseas que el aire te mate. Y deja de protestar; mira —el soldado señaló un destello blanco que adornaba el cielo desnudo—: ya viene el gobernador.

El destello se hizo cada vez más grande y brillante. Pronto pudo distinguirse la silueta triangular del transporte aéreo. Mientras, los soldados tomaron posición para el saludo protocolario. Su tarea consistía en recibir con todos los honores al gobernador designado a la región 25C por el gran soberano del imperio solar. Y a la cabeza de la calle de honor se encontraba Enzo Erétic, comandante militar a cargo del jardín, base del imperio en el planeta SG2020B.

—El teniente coronel Erétic le saluda, señor gobernador —dijo el comandante del jardín—. Espero su viaje haya resultado tranquilo.

—Sí, sí. —El gobernador hizo una mueca de fastidio—. Dejemos los protocolos e ingresemos en la estructura. No soporto esta maldita cosa en mi rostro.

Los hombres accedieron a la base y procedieron a retirar de sus cabezas las incómodas máscaras necesarias para respirar en el exterior. El nanocristal de alta densidad de la estructura, y los equipos oxigenadores, permitían a los habitantes del jardín llevar una existencia confortable en aquel mundo perdido entre los luceros del ébano infinito.

—Señor, es un placer tenerle en este planeta —dijo el comandante Erétic. Él y su invitado caminaban por las zonas verdes de la base con dirección al edificio central—. Me encuentro ansioso por mostrarle los progresos de la colonia.

—Progresos que en nada complacen al emperador —replicó el visitante—. Usted adquirió el compromiso de enviar cada año a la tierra diez mil toneladas de trydanio. Y el último cargamento no llegó a ocho mil.

—Lo sé, gobernador, pero… Seguir leyendo “Crónicas # 1 – El jardín”