Así empieza

Lucas Trund no pronunció palabra desde las tres de la tarde. Sabía que cualquiera fuese la decisión, su país ya no sería el mismo. Una hora había transcurrido desde el ataque en el pacífico. Los noticiarios parecían reventarse con los titulares maliciosos y el nacionalismo barato. Los Estados Confederados de América, y el mundo entero, aguardaban por las palabras de aquel extraño hombre de peluquín colorado.

—¿Está seguro, señor presidente? —preguntó Hillary Dickens, secretaria de estado. Su rostro gritó incredulidad.

—Los Estados Confederados de América no podemos permitirnos tal humillación —respondió Trund—. El mundo ha de tener claro que nuestra palabra es ley.

Abraham Roosevelt los observaba desde un rincón. Consideró intervenir. Supo que el ataque nuclear ordenado por el presidente Trund le robaría la vida a una generación entera de sus compatriotas. Peor aún. Llevaría sangre y fuego a su país. Tal decisión desencadenaría el temido apocalipsis.

—Señor presidente, le ruego considere otras alternativas. —Hillary Dickens lo dijo en tono de súplica—. Tal vez un bombardeo a las instalaciones militares enemigas sea suficiente.

—¡No! —gruñó Trund—. Los Estados Confederados de América prometimos a ese hombrecillo de ojos rasgados un ataque nuclear sin precedentes a la menor provocación. El hombrecillo cohete decidió poner a prueba nuestra determinación. Es hora de que sienta el terror —dijo. Su rostro color zanahoria pareció hincharse—. Él, y el resto del maldito mundo, lo sentirán.

Abraham Roosevelt lo comprendió. Trund, tal como él mismo años antes, había perdido el juicio. Resultaba difícil evitar la tentación de creerse un dios todopoderoso al ocupar el importante cargo. Pero la locura de Lucas Trund era magnificada por su ego. Ese hombre tenía hijos y esposa, si bien nunca experimentó el amor. Se acostó con miles de mujeres, si bien nunca obtuvo pasión. Los hombres le temían, pero nunca nadie lo respetó. Poseía miles de millones, si bien nunca pudo comprar felicidad. Era precisamente eso lo que le hacía tan peligroso. Solo tenía su ego. Nada más.

—Como usted diga, señor presidente. —Hillary Dickens suspiró resignación. Supo que Trund jamás cambiaría de opinión—. El general Lee está al teléfono —le dijo—. Lo escucha en este momento.

—General Lee —dijo Lucas Trund—, proceda de inmediato.

Por favor confirme los códigos numéricos, señor presidente. —El tono de voz de Lee reveló su inconformidad hacia la decisión presidencial.

Abraham Roosevelt decidió intervenir. Estuvo a punto de revelarse ante Trund y Dickens, pero alguien se lo impidió:

—No lo hagas, Abraham. —John Washington lo detuvo—. Deja que el río de la historia siga su tranquilo discurrir.

—Este ataque suicida aniquilará nuestra nación —replicó Roosevelt—. Millones morirán si no intervenimos.

—Miles de millones. —Washington sonrió—. Y no solo aniquilará a los Estados Confederados de América. También al mundo humano entero.

—¡Con mayor razón habemos de intervenir! No podemos cruzarnos de brazos.

—El ataque tendrá lugar —insistió Washington—. Sea hoy, mañana o el próximo año; nada podrá evitarlo. Está escrito. Nuestro destino es la aniquilación. Y Trund es el instrumento.

Abraham Roosevelt guardó silencio. Su antecesor tenía razón.

Los códigos fueron confirmados con éxito, señor presidente —dijo el general Lee—. Antes de proceder, quisiera suplicarle que abortemos. Piense en la humanidad.

—Inicie el lanzamiento. —Lucas Trund no espabiló siquiera—. Los Estados Confederados de América se lo ordenamos.

Nada se escuchó al otro lado de la línea. Trund y Dickens fijaron sus ojos en la pantalla enorme que adornaba el despacho presidencial. Ese día los tonos blanco puro en pisos y muros cambiaron a un gris lúgubre evocación de muerte. El punto rojo en la pantalla atravesó un mapa del océano pacífico a gran velocidad, para treinta minutos después desaparecer sobre la península de Corea. Silencio. Se escuchó un silencio ensordecedor. Un silencio cargado de millones de gritos de terror. Era el principio del fin.

—No entristezcas, Abraham. —John Washington quiso animar a su sucesor—. Nada podías hacer. Ni tú, ni yo… nadie. Siempre estuvo escrito.

—Entonces así termina. —Roosevelt suspiró.

—Así termina. —Washington sonrió de nuevo—. Y así empieza.

Imagen: Pixabay

Un comentario sobre “Así empieza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s