Lunes de locura

El despertador, indiferente a los placeres mundanos, aulló su infernal sonido metálico. Jorge Espuelas abrió los ojos. Deseó estar muerto. El dolor de cabeza y los vértigos le recordaron la realidad de la vida mortal. Tras otros cinco minutos en la cama reunió la fuerza necesaria para mover su cuerpo flácido saturado de alcohol. Tomó una ducha, bebió tres vasos con agua e ingirió un medicamento que prometía lo imposible: curar la resaca.

El ritual de Jorge Espuelas cada fin de semana consistía en beber alcohol como si fuese agua y luego maldecir al mundo. Esa era la vía de escape al trabajo rutinario y aburrido que señoreaba su vida de lunes a viernes. «Malditos lunes», pensó. El inicio de la semana le hacía sentir enfermo y miserable, y ese lunes todo fue a peor. Al despertar, Jorge se dio cuenta de que la vida seguía ahí. Y su mente por fin se quebró. Creyó haber soportado una existencia saturada por estúpidos durante eones interminables. Estaba harto.

—¿Diga? —Jorge Espuelas atendió su teléfono celular.

¿Cómo amaneciste, mi amor? Ayer estabas muy borrachito.

Espuelas dibujó una mueca de fastidio en el rostro. Lo último que deseaba esa mañana era prestar atención a su novia.

—Amanda —dijo—, ¿podrías hacerme un favor?

Lo que el príncipe desee.

—Vete al demonio.

¿Perdón?

—No vuelvas a buscarme —gruñó él—. Haz de cuenta que no existo.

¿Pero Jorge, qué te sucede?

—Solo déjame en paz.

¿Es otra mujer, no es así? —preguntó entre lágrimas la novia ofendida.

—En absoluto. Se trata de la misma —respondió él—. No te soporto. Ni a ti, ni a tu maldita zalamería.

Fueron en vano las súplicas humillantes de la novia. Aquel sujeto no se dignó a dedicarle un minuto más; mucho menos le importó que ella le hubiese brindado cinco de sus años jóvenes. Jorge Espuelas permaneció una hora entera en silencio, inmóvil; sentado en el sofá de su apartamento. Contempló la vida. Concluyó que no valía la pena vivirla. Había disfrutado del cariño infinito de padres amorosos, había estudiado, había peleado; había besado y hecho el amor. Y disfrutado de lujos y confort. Nada le resultó suficiente; nada le pareció real. Tomó el revólver que había dejado en la mesa de centro la noche anterior y lo puso contra la sien. «No, no vale la pena», se dijo. «La vida es una mierda, pero… ¿quién garantiza que la muerte no lo es también?». Eran ya las nueve de la mañana. Tenía una hora de retraso para llegar al trabajo.

Espuelas jamás había llegado tarde a la oficina en sus dos años como empleado de una prestigiosa firma programadora de software. Nunca en la vida se permitió cosa diferente a una puntualidad exasperante, pero ese lunes la responsabilidad y la puntualidad le produjeron náuseas insoportables. Marcó su ingreso a la empresa a las diez de la mañana. No alcanzó a tomar asiento en el cubículo cuando su jefe le ordenó presentarse ante él:

—Jamás había usted llegado tarde, señor Espuelas —dijo el sujeto. El tono de su voz, tal como la oficina imponente, se habían diseñado para intimidar—. Le haré una anotación en la hoja de vida laboral y eso será todo, pero si esto se repite…

Jorge, cualquier otro día, había de ofrecer disculpas a su jefe, pero ese lunes no era uno cualquiera:

—¿Qué? —gruñó—. ¿Qué pasará si llego tarde de nuevo?

—Será suspendido sin sueldo por una semana. Y si reincide, será despedido.

—Métase su anotación por el culo.

—¿Pero quién te has creído, infeliz? —El rostro de Jaime Gómez adquirió una tonalidad roja intensa—. Esto lo informaré a recursos humanos.

Espuelas siempre fue adulador a tiempo completo de sus jefes. Jamás les gruñó un no. Todo el tiempo les sonreía, si bien para sus adentros los odiaba. Y el jefe del departamento de soluciones ofimáticas, a quien consideraba un lameculos, no era la excepción. Jorge se permitió en ese momento expresar todo aquello que siempre ahogó en su corazón ennegrecido:

—Doctor Gómez, lleve por favor este mensaje a recursos humanos.

El jefe de Espuelas cayó con brusquedad al piso. Sangre le brotó del rostro.

—Mi nariz. —Se lamentó—. ¡Me rompiste la nariz!

—Agradezca que no le reventé las pelotas. —Jorge sonrió—. Pero no le quepa duda de que lo haré si vuelve a meterse conmigo. Y considere esto mi renuncia.

Jorge Espuelas no se molestó en recoger las pocas pertenencias personales que guardaba en el cubículo. Salió raudo del edificio, luciendo una sonrisa del tamaño de los andes en aquel rostro color canela. Encendió su automóvil y condujo como si anhelase aniquilar el acelerador. Ignoró tres luces rojas y casi provoca dos accidentes, hasta que se vio obligado a detener la marcha al llegar a un embotellamiento. No se había percatado, pero un policía de tránsito lo seguía.

—Ni usted es un piloto de fórmula uno —dijo el policía al bajar de la motocicleta—, ni estas calles son un circuito de carreras. Enséñeme los documentos del vehículo y su licencia de conducir.

—Ja, ja, ja. —Jorge Espuelas sonrió con sarcasmo—. ¿Eso fue un chiste? No se le ocurra dejar su miserable trabajo para dedicarse a la comedia.

—Déjese de payasadas, tarado —replicó el agente—. Enséñeme los documentos.

—No escuché un por favor…

El policía perdió los estribos. Desenfundó su arma de dotación y apuntó a la cabeza de Jorge Espuelas para ordenarle descender del vehículo.

—Está bien —dijo él—. Solo bromeaba.

Espuelas entregó los documentos solicitados. El policía se tranquilizó. Enfundó el arma y los revisó al detalle. Se dispuso a levantar una infracción al irritante ciudadano, pero este decidió aprovechar un descuido suyo para golpearlo en las gónadas. El policía cayó. Era el segundo hombre que Espuelas derribaba esa mañana. Jorge se apoderó del arma y disparó a los neumáticos de la motocicleta del agente del orden ante la mirada impávida de un par de transeúntes. También le robó el teléfono celular y el radio, y le apuntó directo a la cabeza.

—Una sola palabra —gruñó Espuelas— y le vuelo los sesos.

El agente permaneció inmóvil. Razonó que no valía la pena arriesgar la vida y que alguno de los transeúntes daría aviso a sus compañeros.

Jorge Espuelas, antes de emprender la huida, propinó al policía una fuerte patada en la cabeza, dejándolo inconsciente. Abandonó su automóvil y corrió por los callejones estrechos en el centro de San Mártir, hasta perderse entre la multitud. Más tarde adquirió ropas de gente humilde en un almacén que vendía prendas de dudosa calidad y procedencia. Se disfrazó de joven de estratos bajos. Incluso vistió una fea gorra negra para ocultar su peinado. Así no lo reconocería la fuerza pública.

Aquel sujeto vagó toda la tarde por las calles abigarradas del centro de San Mártir. No podía regresar a su apartamento. Era seguro que la policía lo esperaba allí para detenerlo. Tendría que empezar de nuevo en otra ciudad, por lo cual decidió despedirse por todo lo alto del lugar en el cual nació y creció.

—¿Qué bebe, caballero? —preguntó el mesero.

—Vodka. Traiga una botella.

Esa noche de navidad se contaron pocos hombres lujuriosos en el burdel. Espuelas fue uno de ellos. Decidió pasar unas horas en el prostíbulo más anónimo de la ciudad.

—¿Podría hacerme un favor? —preguntó al mesero cuando este le sirvió la botella de licor—. Dígale a esa mujer que la quiero en mi mesa. —Espuelas pagó por el vodka con un billete de cien estelas—. Y no se preocupe por el cambio. Es para usted.

El mesero sonrió. Le habían otorgado una propina de cincuenta estelas. Con eso había librado su noche de trabajo.

—Como usted ordene, caballero —dijo a Espuelas—. Ya la traigo. Y muchas gracias por su generosidad.

El mesero obedeció. Se acercó a la prostituta para conducirla a la mesa del generoso desconocido. La mujer era alta y bonita, aunque su cuerpo gritaba al mundo un par de visitas al quirófano. Y su rostro, si bien poseedor de cierto toque angelical, decía a todo aquel interesado en escuchar que su portadora padecía una vida de excesos.

—Hola —dijo la prostituta al tomar asiento—, ¿quieres que te consienta esta noche?

—Por ahora solo quiero compañía —respondió Espuelas—. Esto es para iniciar. —Le entregó un billete de cincuenta estelas—. Pórtate bien conmigo y pagaré mucho más.

La mujer accedió. Ambos permanecieron en silencio por unos treinta minutos. Espuelas no le preguntó nada; tampoco le insinuó ansias de sexo. Solo bebió sin ofrecerle un trago. Ella no comprendía aquel comportamiento extraño. Encendió un cigarrillo para no caer dormida.

—¿Sabes qué me gusta de las putas? —El hombre rompió su silencio—. Con ustedes no he de esforzarme. No es necesario fingir que me interesan sus vidas.

—Si tú lo dices…

—Por esa razón me agradan —insistió Espuelas. Había consumido la mitad del contenido de la botella y se le veía ebrio—. Con ustedes obtengo exactamente lo que deseo: sexo. Nada más. Nada de amores insulsos y promesas vacías.

—¿Vas a querer acostarte conmigo o no? —La mujer se impacientó—. Si no es así, preferiría devolverte las cincuenta estelas y regresar al trabajo.

—Tienes razón. No hay motivo para permanecer en este lugar más que el sexo.

Jorge Espuelas y la prostituta se levantaron de la mesa luego de que el sujeto bebiera tres tragos de vodka uno tras otro. Se dirigieron directo a la parte trasera del burdel.

—Son cincuenta estelas —dijo la mujer luego de asegurar la puerta de la habitación.

—Toma cien. —Espuelas le entregó el billete—. Quiero que me mimes.

—Tus deseos son órdenes, bebé.

La mujer se desnudó frente a su cliente. Reveló unos senos y nalgas voluptuosas, si bien artificiales, a quien había pagado para disfrutarlas. Espuelas, mientras bebía directo de la botella de vodka, la miraba con indiferencia.

—¿No vas a desnudarte, cariño? —preguntó ella al intentar palpar la hombría de su cliente, quien no lo permitió—. Podría ayudarte si lo deseas.

—Soy un poco tímido —respondió él—. ¿Te importaría apagar las luces y darme la espalda mientras lo hago?

La mujer sonrió. Accedió. Giró su cuerpo hacia la puerta de la habitación para dar la espalda al cliente. «Lo ha de tener diminuto», pensó. Transcurrieron segundos efímeros, pero no escuchó que él estuviese listo para la acción.

—¿Ya te quitaste la ropa, bebé? —preguntó ella.

Espuelas no se había desnudado. Solo permanecía en pie tras la prostituta. En la oscuridad de la alcoba pudo distinguirse un débil destello metálico.

—Llevas una vida de mierda —susurró Jorge Espuelas—. Yo te libraré de ella.

La prostituta no tuvo tiempo para reaccionar. El cliente la sujetó con su poderoso brazo derecho y luego le cortó el cuello con un puñal de carnicero que sostenía en la mano izquierda. Ella no pudo emitir sonido de alerta alguno. Solo balbuceos inaudibles de dolor. El alma inerte cayó al piso, desangrada. Jorge Espuelas encendió las luces de la habitación. Para su fortuna, las ropas que vestía no fueron manchadas con la sangre de la mujer. Con mucho cuidado se acercó a la masa de carne seca que instantes atrás había sido una mujer deseable y la madre de dos niñas pequeñas por quienes velaba. Hurtó del cadáver todo el dinero de la cartera, incluidas las ciento cincuenta estelas que él le había cancelado. Apagó las luces de la alcoba y huyó sin prisa del burdel.

Horas después, al volante de un automóvil robado, Jorge Espuelas había de recordar el momento en el cual le cortó el cuello a la prostituta. Sonrió. Aquella acción le proporcionó un extraño placer que rayaba en lo sexual. Y devolvió a su espíritu los deseos de vivir. Después de todo, tenía cientos de ciudades y pueblos a su disposición a lo largo y ancho del país. Millones de mujeres indefensas esperaban por él.

Imagen: Pixabay

3 comentarios sobre “Lunes de locura

      1. Pues me dan miedo, la verdad, aunque como dices las habrá! Incluso, las hay también llenas de sutilezas que son “encantadoras de serpiente”, pero yo huyo si descubro a gente así, siempre me dan miedo.
        Un beso

        Le gusta a 1 persona

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