Los huesos del rey

El viejo rey supo que los días de gloria eran cosa del pasado. Los plebeyos murmuraban. A lo largo y ancho del reino se decía que los buenos tiempos del soberano magnífico eran ya una leyenda, y él un anciano decrépito sin poder. Las hienas conspiraban. El tiempo de la sucesión había llegado y los candidatos a usurpar la corona continuaban con su marcha ininterrumpida hacia el trono.

—No lo entiendo, mi fiel mono —dijo el rey—. Hemos gozado de paz y abundancia desde el momento mismo en que me hice al trono. La manada es numerosa y el reino próspero. El pueblo tendría que venerar a este atribulado príncipe, pero brinda apoyo a las hienas que maquinan en las sombras para derrocarlo.

—El vulgo es traicionero y veleidoso, mi señor —replicó el mono—. Únicamente siguen al fuerte. Tan pronto se deleitan con el hedor de la blandura osan clavar el puñal.

—Que la pitón se presente ante mí —ordenó el soberano—. Deseo guía espiritual.

El sirviente obedeció. La pitón atendió el llamado y serpenteó por las sabanas reales para entrevistarse con el gobernante. Era vieja, también. Fue compañía y guía del león en sus días de juventud, dándole con sus consejos y sabiduría las llaves del reino del valle.

—Mi fiel pitón —exclamó el viejo rey al verle—. Me alegra que hayas atendido el llamado de tu príncipe.

—Jamás me negaría a usted, mi señor —respondió ella al hacer una reverencia—. No importa que el destino haya dictaminado, con una crueldad extrema, que nuestros senderos habían de separarse y mi consejo no le fuese de más de utilidad. Pero aquí está su vasalla —le dijo al elevarse sobre la cola—. Hable pues, mi soberano, que esta vieja súbdita le escucha.—Cierto es que en algo he sido ingrato. —El rey levantose del trono—. Y ese algo eres tú, mi fiel pitón. He de ofrecer mis disculpas reales por tal desafección hacia ti —le dijo—. Pero no es el ahora un tiempo para disculpas; más bien lo es para encarrilar el futuro. Bajo mi tutela divina este reino ha prosperado, pero el pueblo vacila en mostrar amor y fidelidad hacia el soberano. Se escuchan rumores —aseguró el rey. Caminaba en círculos alrededor de su vasalla—. Los usurpadores se acercan con la firme intención de aniquilar a mi estirpe, y peor aún, mi gran legado sobre estas tierras. Temo. Te lo juro, mi fiel pitón: temo que mi nombre y magnificencia sean borrados con un solo zarpazo de la historia de este reino bendito.

—Tiene toda la razón, mi señor —respondió la pitón—. Sus propios vasallos conspiran contra usted y su legado. Y los usurpadores, jóvenes y deseosos del líquido vital de la realeza, vienen a destruirle.

—¿Qué me depara el futuro, sabia pitón? Y más importante todavía: ¿qué puedo hacer para evitar la tragedia?

—El futuro le depara sangre, su majestad —dijo la pitón con lamentos entre sus palabras—. Pero hay forma de evitarlo.

—¿Qué habré de hacer?

—El asunto a meditar sería, más bien, lo que no habrá de hacer. Ha hecho usted lo mismo que sus antecesores y sucesores. En nada, consideran las hienas, difiere usted de quienes antes tomaron asiento en ese trono —dijo la pitón al señalar el entramado de madera en los aposentos reales—. Habrá de mostrar que es diferente a todos. Eso le entregará las llaves eternas del reino del valle.

—Me has dado en qué pensar, mi fiel vasalla. —El rey tomó asiento de nuevo—. Sabio consejo me has obsequiado el día de hoy.

—Por la eternidad son suyas mis palabras.

—Ya no eres requerida —dijo el soberano con mirada amenazante—. Tu existencia tuvo propósito hasta el momento presente. Mi fiel mono —el rey se dirigió al ministro de gobierno—, ya sabes qué hacer.

El mono aulló. Una jauría de leopardos rodeó a la pitón con el ánimo de devorarla.

—Imagino que, al ser la más sabia pitón del reino —dijo el soberano en tono jactancioso—, sabrías que esto sucedería.

—En efecto —replicó ella.

—¿Sabes por qué lo hago?

—No desea tomar riesgos. Teme que proporcione consejo a sus enemigos y los guíe hacia la derrota final de su majestad.

—Nada entiendo —dijo el rey—. Todo lo sabes, en efecto. Entonces dime, querida pitón, ¿por qué viniste a encarar la muerte?

—Ya usted lo ha dicho. Tuve propósito hasta el día de hoy. —La pitón sonrió. Y olfateó el aire con su lengua por última vez—. Juré lealtad hacia mi príncipe mucho tiempo atrás. Fue una promesa a expensas de mi propia vida.

El rey ordenó a los leopardos proceder. Se dieron un gran banquete con la carne dura de la anciana pitón.

—Mi fiel mono —el rey se levantó de nuevo del asiento—. Declara un día de duelo por la memoria de la pitón. Y ordena a las comandantes de las manadas reales presentarse ante mí.

«Cuánta razón tuvo mi pitón», se dijo el rey. «Siempre la tuvo. He sido tan pusilánime como mis antecesores. Pero le demostraré a mi amado pueblo cuán diferente soy a ellos».

Fue una gran masacre. El viejo rey ordenó a sus comandantes derramar la sangre de todo aquel que hubiese mostrado una pizca de simpatía hacia los usurpadores al acecho del reino. También la de todo aquel sobre quien recayese la más mínima sospecha de traición o descontento. Los zorros fueron los más beneficiados. A cambio de una generosa paga ofrecieron sus afilados sentidos al servicio del rey. El soberano aceptó la propuesta y ellos pronto le dijeron todo lo que él deseaba escuchar. Familias enteras, infantes incluidos, sucumbieron bajo los zarpazos y dentelladas de las guerreras. También las hienas de la corte, cuyas entrañas y cabezas fueron cercenadas para ser exhibidas a la entrada del palacio real. El rey quiso enviar un mensaje: en esa forma se pagaría la traición.

—Hoy se ha demostrado cuán diferente soy de quienes tomaron asiento en este trono antes de mí —dijo el rey complacido de sí mismo. Había convocado a un festín para celebrar la gran purga en el reino del valle—. Ahora todos mis vasallos temerán. Y lo pensarán dos veces antes de siquiera considerar el traicionarme. —Hincho de orgullo levantó la copa—. Brindemos por el reino y por su príncipe eterno, mis fieles comandantes. Luego, demos placer al sentido del gusto con los cuerpos de las hienas.

Las comandantes levantaron sus copas y brindaron. Gritaron al unísono: «larga vida al rey».

—Fiel mono —prosiguió el soberano—. Declara tres días de festividades en honor a mi victoria. Obsequia vino y carne al pueblo. Así no solo me temerán; también me amarán.

—Pero su majestad —replicó el mono—, ¿no cree que habemos de concentrar esfuerzos en ubicar a los usurpadores y llevarles la merced de la justicia divina?

—No te preocupes —contestó el viejo rey—. Mis leonas pronto estarán en ello.

—No habrá necesidad, su majestad —dijo la comandante de más alto rango—. Ya los hemos ubicado. Aquí están.

Los dos usurpadores, jóvenes y vigorosos, se presentaron ante el soberano. Rieron con soberbia.

—¡Devórenlos! —gritó el rey.

Las comandantes presentes en el festín no lo hicieron. Ni aun optaron por moverse un ápice de los asientos. Continuaron hartándose con la carne de las hienas en total tranquilidad.

—Ya entiendo —dijo el gobernante—. Me han traicionado. No los devorarán a ellos. Lo harán conmigo.

—Se equivoca, su majestad —replicó otra de las leonas—. Nada haremos. Habrá el rey de mostrarnos su fortaleza.

La lucha fue corta. El viejo león poco pudo hacer en contra de los dos fieros aspirantes al trono. Fue masacrado sin piedad.

—Vengan, habitantes del magnífico reino del valle —gritaron los usurpadores a todo pulmón—. Dense un festín con la carne del soberano caído.

Así lo hizo todo aquel con oídos para escuchar. No quedo un solo hueso para sepultar de quien fue un gobernante tan ordinario como sus antecesores.

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