Crónicas # 1 – El jardín

Los vientos secos de la llanura, verdugos del buen ánimo, estaban resueltos a tostar la piel de los necios que insistieran en desafiarles. Y sucedía que al menos una veintena de hombres, formados en calle de honor para recibir al representante del emperador, habían de responderle al viento por la necedad de su comandante.

—Esto es una mierda. —Un deslenguado militar de protocolo susurró inconformidad—. Casi cuarenta grados centígrados y nosotros bajo el sol inclemente. Y para rematar, estas estúpidas máscaras no permiten respirar con normalidad.

—Podrías sacártela, si lo deseas —replicó el compañero a su lado. Le sonrió—. Hazlo si deseas que el aire te mate. Y deja de protestar; mira —el soldado señaló un destello blanco que adornaba el cielo desnudo—: ya viene el gobernador.

El destello se hizo cada vez más grande y brillante. Pronto pudo distinguirse la silueta triangular del transporte aéreo. Mientras, los soldados tomaron posición para el saludo protocolario. Su tarea consistía en recibir con todos los honores al gobernador designado a la región 25C por el gran soberano del imperio solar. Y a la cabeza de la calle de honor se encontraba Enzo Erétic, comandante militar a cargo del jardín, base del imperio en el planeta SG2020B.

—El teniente coronel Erétic le saluda, señor gobernador —dijo el comandante del jardín—. Espero su viaje haya resultado tranquilo.

—Sí, sí. —El gobernador hizo una mueca de fastidio—. Dejemos los protocolos e ingresemos en la estructura. No soporto esta maldita cosa en mi rostro.

Los hombres accedieron a la base y procedieron a retirar de sus cabezas las incómodas máscaras necesarias para respirar en el exterior. El nanocristal de alta densidad de la estructura, y los equipos oxigenadores, permitían a los habitantes del jardín llevar una existencia confortable en aquel mundo perdido entre los luceros del ébano infinito.

—Señor, es un placer tenerle en este planeta —dijo el comandante Erétic. Él y su invitado caminaban por las zonas verdes de la base con dirección al edificio central—. Me encuentro ansioso por mostrarle los progresos de la colonia.

—Progresos que en nada complacen al emperador —replicó el visitante—. Usted adquirió el compromiso de enviar cada año a la tierra diez mil toneladas de trydanio. Y el último cargamento no llegó a ocho mil.

—Lo sé, gobernador, pero…—Pero nada, comandante. —El gobernador imperial levantó un poco el tono de la voz—. Nuestro planeta madre sufre con la escasez del trydanio. De continuar así, pronto no habrá materia prima para impulsar el crecimiento tecnológico del imperio. El emperador está preocupado, y exige soluciones.

El comandante Erétic no parecía intranquilo. Por el contrario; sonrió.

—El problema ha sido la extracción —respondió él—. Mi personal no es productivo bajo las condiciones atmosféricas del planeta. Este mundo es uno exuberante en vida, pero lo que es bueno para su biomasa es veneno para nosotros.

—Recuerdo el haber ordenado que se utilizaran droides de apoyo —replicó el gobernador—. Con eso habría de bastar.

—No funcionó, señor gobernador —contestó Erétic—. Su hardware y software resultaron anticuados para enfrentar los desafíos de este mundo. Y antes de que sugiera lo que pienso desea insinuar —el comandante se adelantó a la interrupción del gobernador— le suplico recuerde la catástrofe marciana. La inteligencia artificial no es una opción.

El gobernador Naif guardó silencio. Erétic tenía razón: la conciencia artificial estaba prohibida de tajo por las leyes imperiales.

—¿Qué sugiere, entonces? —preguntó al subordinado.

—¿Recuerda que unos años atrás usted autorizó la experimentación con los antropomorfos de este mundo?

—No le creo, comandante…

Los dos hombres despidieron a su escolta militar y se dirigieron a los laboratorios subterráneos en la edificación central de la base. «Es imposible», se dijo Naif. «No creo que este lunático de Erétic haya tenido éxito en tal empresa demente».

Resultó que sí. Los científicos del laboratorio informaron al gobernador de los avances logrados mediante la ingeniería genética. Lo que ellos afirmaban le dejó perplejo.

—Déjeme ver si lo entendí —se dirigió Erétic—. ¿estos científicos dicen haber creado seres inteligentes?

—Así es, señor gobernador —respondió el comandante del jardín.

—¿Y cómo lo hicieron?

—Este mundo es habitado por una raza de antropomorfos a medio camino entre los animales que actúan por instinto y los seres inteligentes como nosotros —dijo Enzo Erétic—. Hicimos todo a nuestro alcance por que fueran ellos quienes minasen el trydanio, pero la empresa resultó un terrible fracaso.

—¿Por qué?

—Son unas bestias territoriales y agresivas. —Erétic tomó asiento. Invitó al gobernador a hacer lo mismo—. No se toleran entre las distintas manadas y apelan siempre a la violencia. La mutua aniquilación es su deporte favorito. Además, no son lo suficientemente hábiles para minar el trydanio en forma productiva, ordenada y eficiente —dijo—. Por eso inicié el proyecto deallus.

—Pero dígame qué diablos fue lo que hizo, entonces.

—Lo que hicimos, señor gobernador —Erétic miró al superior directo a los ojos— fue mezclar nuestro ADN con el de ellos.

—Quiero ver el resultado —dijo Naif.

Los científicos y Erétic condujeron al gobernador hacia uno de los cuartos del laboratorio. Allí se encontraba descansando el resultado de los experimentos.

—Gobernador Naif —dijo Erétic— le presento a SG2020BA666. El primer ser inteligente creado en este mundo.

La criatura reparó en los visitantes. Los miró de arriba hacia abajo antes de inclinarse ante ellos. Nada les dijo.

—Es muy similar a nosotros —exclamó el gobernador—. No puedo creerlo.

—Acérquese y mírele de cerca, señor. —Erétic lo hizo—. Nada habemos de temer. Es dócil.

Naif se acercó a la criatura. Dio varias vueltas alrededor y tocó su piel cubierta por mechones de pelo.

—De no ser por el pelaje y ojos enormes —Naif reparó en el experimento con asombro— creería estar en presencia de un ser humano con desorden del crecimiento —afirmó—. ¿Era necesario que fuese tan alto?

—Todavía no hemos logrado un modelo más compacto, señor gobernador —interrumpió uno de los científicos—. La baja gravedad de este mundo propició que la evolución modelase vida esbelta y de gran talla. Temo que por ahora los genes que regulan la altura de la especie madre predominan sobre los nuestros.

—¿Y cuántos de estos poseemos? —Naif palpaba la fortaleza en los músculos en la criatura—. ¿Cuándo empezarán ellos el minado del trydanio?

—Temo que es el primero de la especie —dijo Erétic—. Mucho tiempo y esfuerzo fue necesario para crearlo. Pero descuide, en un plazo no mayor a cinco años tendremos miles de ellos. Mientras, redoblaré esfuerzos con mis soldados y droides para cumplir con la cuota de trydanio a enviar a la tierra.

—¿Cuál es tu verdadero nombre, criatura? —preguntó el gobernador Naif.

—SG… SG2020BA666 —respondió el primero de su especie. La pronunciación del idioma de sus creadores se le dificultaba.

—Sabe, comandante —el gobernador giró para dar la mirada a Erétic—, soy un estudioso de los mitos religiosos creados por nuestros antepasados en la tierra. En buena hora las religiones fueron prohibidas por el emperador, si bien reconozco que algunas tienen una mitología rica e interesante. Lo que usted ha hecho aquí me recuerda un poco el antiguo mito cristiano. —Naif le sonrió—. No me gusta el extraño nombre en código de la criatura. Quiero que en adelante le llamen Edín.

—Como usted ordene, señor gobernador.

—Y otra cosa, Erétic —el rostro del gobernador ganó seriedad—, ¿cómo garantiza usted que esta nueva especie no repetirá la tragedia marciana?

—Esta es vida natural —respondió el comandante—. Le tomará miles de años evolucionar al nivel de conciencia logrado por la inteligencia artificial. Para esta criatura, mi señor, nosotros somos dioses.

—Así sea, entonces —exclamó Naif—. Que el magnífico emperador bendiga el amanecer de una nueva conciencia.

Imagen: Pixabay

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