El mundo está mal

Estoy mal, tal vez

o es quizá el mundo

lo que está al revés

lo que hiede inmundo.

Los días fríos aburren

las noches cálidas enferman

injusticias las mentes carcomen

buenas ideas se sublevan.

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Viejo

Rollos de carne flácida ocultaban la silueta firme de una joven, quien yacía sobre la cama sucia del cuarto de motel. El viejo lo intentó. Mucho empeño puso en la tarea durante largo tiempo ansiada, si bien poco faltó a su corazón arrugado para rendirse definitivamente. No pudo tenerla. Su compañero inseparable, aquel que tantos cuerpos poseyó en sus días de lujuria juvenil, no pudo más. Ni aun con píldoras color azul logró ganar la dureza necesaria para realizar el trabajo. La chica sonrió. El viejo lloró. Se lamentó:

 

«Cuán lejos veo los días de mi juventud

las noches largas de bohemia y sexo

cuerpos curvos y hermosura en exceso

lumbreras inalcanzables a mi decrepitud.

 

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Vivir es cuestión de suerte

Podrías llamarlo destino

podrías invocar libre albedrío

¿No estarías clamando desatinos?

Díselo a quien nace en hogar podrido.

 

Nacer es cuestión de pura suerte.

No controlas el cuándo, ni el cómo

mucho menos el malvado en dónde.

Nacer, te lo juro, es como la muerte.

 

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Anciana

Entre el hollín cancerígeno de los coches

caminas sin reparar en desprecios,

tu frágil humanidad parece reventar

sin que alguien te brinde algún aprecio.

Has visto demasiados inviernos

sufrimientos maquinados en avernos,

te veo con tal carga y me pregunto:

¿de dónde sacas tu brutal fortaleza, anciana?

Eres el espíritu humano personificado

la tenacidad de la voluntad glorificada,

tus ojos gastados nos gritan hambres

tus delgados labios resecos, sed de vida.

Esa sonrisa tuya ilumina las sombras

tu alegría incontenible eriza la piel,

¿hay alguien más humano que tú?

No lo creo, mujer indigna de un rey. Seguir leyendo “Anciana”

El tiempo lo acaba (casi) todo

Era una buena noche para Tomás Vercetti. Su habitual cacería de los viernes parecía encaminarse hacia un resultado positivo. Una grande sonrisa adornaba su rostro, pues tenía certeza de que un par de tragos más de ron serían suficientes para que su acompañante sucumbiera al encanto de la palabrería melosa.

—Sabes —dijo Vercetti a la chica mientras servía, coqueto, un par de tragos—, en ocasiones pienso que la existencia es un videojuego. Parece nos movemos por la gracia de un jugador que decide en todo momento sobre nosotros y lo que hacemos o no.

—Y eso —la chica bebió el trago servido por Tomás Vercetti. Sus mejillas adquirieron cierta tonalidad rojiza—, hip, ¿eso qué significa?

—Significa que tú y yo nos conocimos por la voluntad de un ser superior —respondió él. Luego bebió su trago—. Llámalo Dios. O el jugador, como lo hago yo; como sea, nos quiere juntos. Él quiso que yo te conociera hoy, belleza sin par en esta fría ciudad, y que te jurase el amor eterno que desespero por jurar. Me has flechado con la potencia de un rayo, mujer —continuó el sujeto mientras acariciaba bajo la mesa el muslo firme y carnoso de la chica—, y en este mismo instante me resulta imposible admirar algo diferente a tu dulce aroma, tu ingenio superior y belleza divina. Mujer fatal, ¿en dónde estuviste toda mi vida? Tantas noches te supliqué al jugador…

La chica le besó en los labios. Lo hizo con pasión. Luego sirvió un par de tragos más.

—No pensé que un hombre guapo como tú hablase tan bonito —dijo ella—. Creo que tienes razón. Es la voluntad, hip, de Dios que nos conociéramos esta noche.

—¿Te gustaría que fuésemos a charlar a un sitio más tranquilo? —replicó Vercetti. Supo que el momento había llegado—. En este bar no podemos hablar a gusto.

Ella accedió. Ambos bebieron los dos tragos que ella había servido y buscaron sus abrigos. Vercetti pagó la cuenta y haciendo alarde de caballerosidad puso su abrigo sobre la cabeza de la chica, pues fingió importarle que sus cabellos negros se empaparan y aquel elaborado peinado se estropease. La pareja se dirigió a la salida del bar para buscar un taxi que los llevara al apartamento de Tomás, pero algo capturó la atención del sujeto. Pronto olvidó a su acompañante y abandonó la idea de una noche de pasión felina con ella. Concentró la mirada en un rostro irresistible para él. Y muy familiar. Seguir leyendo “El tiempo lo acaba (casi) todo”

Blanca navidad parte 1

No comprendió la niña el porqué de la injusticia. Cada día de navidad era lo mismo: poco importaba cuán bien se comportase, el hada blanca jamás cumplía sus deseos. Nunca obsequió algo de lo que ella y su hermana, con ilusión infinita, suplicaban en las cartas.

—El hada blanca de la navidad nos odia —dijo, exasperado, uno de sus amigos.

—Te equivocas —gruñó ella.

—Tonta —Los infantes lanzaron una mueca burlona hacia su amiga—, búscanos cuando aceptes la realidad.

Esperanza di María se encontró sola en medio de la noche cálida. Ella y sus amigos habían pasado la tarde del día de navidad en el barrio opulento con la esperanza ingenua de que así el hada los recordaría. Al verlos allí, pensaron, les colmaría de obsequios tal como lo hacía con los niños ricos. Pasaron horas en aquel lugar donde recibieron frías miradas de desprecio. Y nada sucedió. El hada no se presentó.

«Tal vez tengan razón», meditó Esperanza al pensar en sus amigos y emprendió el viaje de regreso a casa. Tan sumergida en sus pensamientos caminaba por las calles que no reparó en los coches de los millonarios irrespetando los semáforos. Casi fue atropellada al intentar cruzar la calle. Un Mercedes Benz se vio obligado a frenar con todo su poderío.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el conductor. Había descendido del vehículo para cerciorarse de que la infante no estuviese herida.

«Qué extraño. Los ricos nunca son amables», pensó ella. Recordó que noches atrás había sucedido lo mismo y nadie se preocupó; todo lo contrario, le gritaron que era una tonta. Seguir leyendo “Blanca navidad parte 1”

Los hombres no escuchan

Un tequila. Dos y tres. El rostro canela de aquella chica clama por auxilio. Mientras, las parejas sucumben al ritmo hechicero de la música popular y sus calzados provocan fisuras imperceptibles en las viejas baldosas de la pista de baile. «Me lleven los demonios», piensa ella. «Este niño no se calla».

Otro tequila. Aquella chica es inmune a la sobreactuación empalagosa de su galán indeseado. «Los hombres nunca escuchan, solo hablan», razona. «Lo siento, madre; en verdad lo intenté». Más tequila acompaña unas palabras de rechazo tan melosas que provocarían la envidia de cualquier diplomático endiosado. El playboy, despreciado y con el orgullo herido, se retira en silencio absoluto mientras sus amigos en la mesa de enfrente le dirigen miradas burlonas. Seguir leyendo “Los hombres no escuchan”