Al que madruga…

«Vaya idea de mierda», murmuró Juanito. «Nada de clientes y este frío doloroso en los huesos»

Juanito Estrella deambulaba por las calles aledañas a la clínica Quirama. Los primeros rayos del sol eran todavía esperados para marcar el inicio del día y el final de la gélida noche veraniega, pero Juanito, con muchos deseos por trabajar pocas horas y regresar a casa, estaba en búsqueda de clientes. Unos días atrás, al salir del hospital, repleto en orgullo y alcohol, reparó en la gran masa de personas que caminaba por allí antes del amanecer: empleados, amas de casa y estudiantes solían transitar por el sector antes de las seis de la mañana para ocuparse de los asuntos cotidianos. De allí la idea de, en contra de su rutina habitual, levantarse antes del amanecer para volver a los alrededores de la clínica y trabajar con disciplina.

Pero las cosas no resultaban bien para Juanito Estrella. Esa madrugada algunos policías vigilaban el sector y prestaban acompañamiento a los transeúntes; en especial a los estudiantes, sus víctimas preferidas. «Pronto amanecerá», pensó él. «He de apresurarme».

El trabajador diligente temía que el manto protector de la oscuridad se desvaneciera, y su empresa de hacer temprano el dinero del día se convirtiese en una quimera. Se puso más alerta. Y fijó un objetivo. A la distancia pudo distinguir unos auriculares blancos adornando las orejas de un viejo. Y un cable del mismo color que parecía unirlos con el objeto guardado en el bolsillo derecho del pantalón de su posible cliente. «Ha de ser un teléfono móvil lo que guarda en el bolsillo», razonó. «Es él». Seguir leyendo “Al que madruga…”

Crónicas # 1 – El jardín

Los vientos secos de la llanura, verdugos del buen ánimo, estaban resueltos a tostar la piel de los necios que insistieran en desafiarles. Y sucedía que al menos una veintena de hombres, formados en calle de honor para recibir al representante del emperador, habían de responderle al viento por la necedad de su comandante.

—Esto es una mierda. —Un deslenguado militar de protocolo susurró inconformidad—. Casi cuarenta grados centígrados y nosotros bajo el sol inclemente. Y para rematar, estas estúpidas máscaras no permiten respirar con normalidad.

—Podrías sacártela, si lo deseas —replicó el compañero a su lado. Le sonrió—. Hazlo si deseas que el aire te mate. Y deja de protestar; mira —el soldado señaló un destello blanco que adornaba el cielo desnudo—: ya viene el gobernador.

El destello se hizo cada vez más grande y brillante. Pronto pudo distinguirse la silueta triangular del transporte aéreo. Mientras, los soldados tomaron posición para el saludo protocolario. Su tarea consistía en recibir con todos los honores al gobernador designado a la región 25C por el gran soberano del imperio solar. Y a la cabeza de la calle de honor se encontraba Enzo Erétic, comandante militar a cargo del jardín, base del imperio en el planeta SG2020B.

—El teniente coronel Erétic le saluda, señor gobernador —dijo el comandante del jardín—. Espero su viaje haya resultado tranquilo.

—Sí, sí. —El gobernador hizo una mueca de fastidio—. Dejemos los protocolos e ingresemos en la estructura. No soporto esta maldita cosa en mi rostro.

Los hombres accedieron a la base y procedieron a retirar de sus cabezas las incómodas máscaras necesarias para respirar en el exterior. El nanocristal de alta densidad de la estructura, y los equipos oxigenadores, permitían a los habitantes del jardín llevar una existencia confortable en aquel mundo perdido entre los luceros del ébano infinito.

—Señor, es un placer tenerle en este planeta —dijo el comandante Erétic. Él y su invitado caminaban por las zonas verdes de la base con dirección al edificio central—. Me encuentro ansioso por mostrarle los progresos de la colonia.

—Progresos que en nada complacen al emperador —replicó el visitante—. Usted adquirió el compromiso de enviar cada año a la tierra diez mil toneladas de trydanio. Y el último cargamento no llegó a ocho mil.

—Lo sé, gobernador, pero… Seguir leyendo “Crónicas # 1 – El jardín”

Miel de limón

La multitud aplaudía. No así Yolima San José, quien sintió calores subiéndole desde el vientre a la cabeza. Pero no eran aquellos de pasión que sintió una hora antes cuando propuso a Federico Bonavitta, su novio, marcharse de la discoteca. Los aplausos continuaron. No era eso lo que provocaba la ira desaforada de la mujer. Si Federico era feliz, ella también. No le molestaba en lo absoluto que la multitud lo rodease y aplaudiera a rabiar la forma en que bailaba la música disco que, emulando la moda en los Estados Confederados de América, se había impuesto en las discotecas de San Mártir. Era la actitud de su novio lo que le sacaba de quicio.

—¿Por qué tan sola, cariño? —Un joven color canela, alto y fornido, se acercó a Yolima para hablarle con suavidad.

—No es asunto suyo.

—Es un crimen que un rostro tan hermoso como el que posees muestre ira.

—Déjeme sola —dijo ella.

—¿Algo te molesta? —Insistió él—. Soy bueno para escuchar.

—Lárguese.

—Disculpe. No la molesto más.

Yolima San José no pudo evitar el sentirse mal cuando aquel joven apuesto se despidió con expresión de niño reprendido. En ese momento no entendió el porqué. Solo supo que lo deseaba a su lado.

—Perdona mi altanería. —Le tomó por el brazo—. Mi nombre es Yolima. Seguir leyendo “Miel de limón”

Dios deseó mi muerte

Horas después, y al sentir que la vida se le escurría, roja y espesa, por entre los dedos marchitos, Alejandro Montiel había de recordar el instante en que retiró el plástico protector de la caja negra. Al salir de su oficina decidió que esa tarde viajaría a San Mártir, la capital, para adquirir un nuevo teléfono celular. El Cherry Phone recién lanzado en el país había capturado su pensar. Lo deseaba. Era el mejor teléfono que el dinero podía comprar y un buen artilugio para satisfacer un ego desaforado. Alejandro tomó el elevador y presionó el botón correspondiente al sótano. La caja metálica inició el descenso. Mientras, pensó en el viaje: «me tomará al menos una hora llegar, otra comprar y activar el teléfono y una más el viaje de regreso. No estaré en casa antes de las cinco de la tarde». Un sonido de alerta lo devolvió al mundo. El ascensor había alcanzado el sótano. Salió de la máquina y buscó su automóvil. Abrió la puerta. Lo encendió e inició la marcha. En la salida del opulento edificio de oficinas encontró un vigilante, quien presionó el botón para levantar la puerta mecánica.

—Feliz fin de semana, doctor Montiel— le dijo este.

—Gracias —a secas, respondió Alejandro.

El viaje del abogado Montiel a San Mártir resultó tal cual lo planeó. Regresó a Quirama, ciudad intermedia en la cual residía, hacia las cinco y treinta de la tarde. Al llegar a su apartamento se lanzó presuroso hacia la barra de la cocina. Allí se acomodó para desempacar su nuevo y flamante Cherry Phone color negro. Los ojos del abogado se perdieron en el dispositivo. El negro intenso eran tan pulido y reluciente, que servía también como espejo. Alejandro sonrió. La belleza del aparato le cortó la respiración. Luego de configurarlo reparó en un detalle: olvidó adquirir una funda para protegerlo. «Mierda, mañana es domingo. Si no salgo a comprarla en este instante, mi Cherry phone estará desprotegido hasta el lunes», pensó.

Alejandro se dirigió al centro comercial más cercano a su residencia para adquirir la funda. No encontró una. Su teléfono era de un modelo muy reciente, así que no había mucha disponibilidad de accesorios. Una vendedora le aconsejó dirigirse al centro de Quirama. Allí existía un almacén especializado en accesorios para dispositivos de alta gama. «Maldición. El centro es un hervidero de prostitutas, ladrones y gente pobre. No quiero ir», pensó.

Pero alternativa no vislumbró. Salió del centro comercial y condujo a alta velocidad por las calles de Quirama. La vendedora le había dicho que el almacén del centro de la ciudad cerraba a las siete en punto. Eran las seis y treinta. Alejandro Montiel encontró un parqueadero público y estacionó su automóvil. Reclamó el ticket y caminó en dirección al almacén. Lo hizo tan rápido como se lo permitieron las piernas. Dos manzanas adelante, al doblar en la esquina, encontró una anciana maltratada por una existencia llena de trabajos pesados.

—¿Joven, me haría un favor? —le preguntó ella. Seguir leyendo “Dios deseó mi muerte”