¿Quién la tiene más larga?

Lo sé, no es un buen título. Pero me cuesta pensar en una frase diferente al recordar el tema de las amenazas nucleares entre el presidente de los Estados Unidos de América, el señor Donald J. Trump, y el monarca norcoreano, Kim Jong-Un.

El cruce de intimidaciones para determinar quién posee el mejor arsenal nuclear, o en palabras del primer mandatario estadounidense «el botón más grande», es una discusión, si se quiere, algo más trascendental sobre el viejo dilema masculino de quién la tiene más larga.

Una que nos arroja hacia los límites de la estupidez humana.

Parece que todo ha quedado en mera bravuconería -al menos por ahora-, si bien es imposible determinar cuándo resuelvan esos dos medirse el tamaño definitivamente.

Y preocupa que otros «líderes mundiales» también se la quieran medir.

Espero que jamás se decidan a hacerlo, pues el ego desaforado llevaría a la humanidad a un escenario impredecible y al final del orden social que ha imperado durante las últimas décadas; si bien imperfecto y depredador, uno que ha llevado cierto bienestar social a buena parte del globo.

Para finalizar, me pregunto: ¿qué sucede en las democracias civilizadas? ¿Por qué se eligen populistas y extremistas incendiarios como Donald Trump?

¿Es el fin de la sensatez?

Imagen: el comercio

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Los huesos del rey

El viejo rey supo que los días de gloria eran cosa del pasado. Los plebeyos murmuraban. A lo largo y ancho del reino se decía que los buenos tiempos del soberano magnífico eran ya una leyenda, y él un anciano decrépito sin poder. Las hienas conspiraban. El tiempo de la sucesión había llegado y los candidatos a usurpar la corona continuaban con su marcha ininterrumpida hacia el trono.

—No lo entiendo, mi fiel mono —dijo el rey—. Hemos gozado de paz y abundancia desde el momento mismo en que me hice al trono. La manada es numerosa y el reino próspero. El pueblo tendría que venerar a este atribulado príncipe, pero brinda apoyo a las hienas que maquinan en las sombras para derrocarlo.

—El vulgo es traicionero y veleidoso, mi señor —replicó el mono—. Únicamente siguen al fuerte. Tan pronto se deleitan con el hedor de la blandura osan clavar el puñal.

—Que la pitón se presente ante mí —ordenó el soberano—. Deseo guía espiritual.

El sirviente obedeció. La pitón atendió el llamado y serpenteó por las sabanas reales para entrevistarse con el gobernante. Era vieja, también. Fue compañía y guía del león en sus días de juventud, dándole con sus consejos y sabiduría las llaves del reino del valle.

—Mi fiel pitón —exclamó el viejo rey al verle—. Me alegra que hayas atendido el llamado de tu príncipe.

—Jamás me negaría a usted, mi señor —respondió ella al hacer una reverencia—. No importa que el destino haya dictaminado, con una crueldad extrema, que nuestros senderos habían de separarse y mi consejo no le fuese de más de utilidad. Pero aquí está su vasalla —le dijo al elevarse sobre la cola—. Hable pues, mi soberano, que esta vieja súbdita le escucha. Seguir leyendo “Los huesos del rey”

Lunes de locura

El despertador, indiferente a los placeres mundanos, aulló su infernal sonido metálico. Jorge Espuelas abrió los ojos. Deseó estar muerto. El dolor de cabeza y los vértigos le recordaron la realidad de la vida mortal. Tras otros cinco minutos en la cama reunió la fuerza necesaria para mover su cuerpo flácido saturado de alcohol. Tomó una ducha, bebió tres vasos con agua e ingirió un medicamento que prometía lo imposible: curar la resaca.

El ritual de Jorge Espuelas cada fin de semana consistía en beber alcohol como si fuese agua y luego maldecir al mundo. Esa era la vía de escape al trabajo rutinario y aburrido que señoreaba su vida de lunes a viernes. «Malditos lunes», pensó. El inicio de la semana le hacía sentir enfermo y miserable, y ese lunes todo fue a peor. Al despertar, Jorge se dio cuenta de que la vida seguía ahí. Y su mente por fin se quebró. Creyó haber soportado una existencia saturada por estúpidos durante eones interminables. Estaba harto.

—¿Diga? —Jorge Espuelas atendió su teléfono celular.

¿Cómo amaneciste, mi amor? Ayer estabas muy borrachito.

Espuelas dibujó una mueca de fastidio en el rostro. Lo último que deseaba esa mañana era prestar atención a su novia.

—Amanda —dijo—, ¿podrías hacerme un favor?

Lo que el príncipe desee.

—Vete al demonio.

¿Perdón?

—No vuelvas a buscarme —gruñó él—. Haz de cuenta que no existo.

¿Pero Jorge, qué te sucede?

—Solo déjame en paz.

¿Es otra mujer, no es así? —preguntó entre lágrimas la novia ofendida.

—En absoluto. Se trata de la misma —respondió él—. No te soporto. Ni a ti, ni a tu maldita zalamería. Seguir leyendo “Lunes de locura”