Al que madruga…

«Vaya idea de mierda», murmuró Juanito. «Nada de clientes y este frío doloroso en los huesos»

Juanito Estrella deambulaba por las calles aledañas a la clínica Quirama. Los primeros rayos del sol eran todavía esperados para marcar el inicio del día y el final de la gélida noche veraniega, pero Juanito, con muchos deseos por trabajar pocas horas y regresar a casa, estaba en búsqueda de clientes. Unos días atrás, al salir del hospital, repleto en orgullo y alcohol, reparó en la gran masa de personas que caminaba por allí antes del amanecer: empleados, amas de casa y estudiantes solían transitar por el sector antes de las seis de la mañana para ocuparse de los asuntos cotidianos. De allí la idea de, en contra de su rutina habitual, levantarse antes del amanecer para volver a los alrededores de la clínica y trabajar con disciplina.

Pero las cosas no resultaban bien para Juanito Estrella. Esa madrugada algunos policías vigilaban el sector y prestaban acompañamiento a los transeúntes; en especial a los estudiantes, sus víctimas preferidas. «Pronto amanecerá», pensó él. «He de apresurarme».

El trabajador diligente temía que el manto protector de la oscuridad se desvaneciera, y su empresa de hacer temprano el dinero del día se convirtiese en una quimera. Se puso más alerta. Y fijó un objetivo. A la distancia pudo distinguir unos auriculares blancos adornando las orejas de un viejo. Y un cable del mismo color que parecía unirlos con el objeto guardado en el bolsillo derecho del pantalón de su posible cliente. «Ha de ser un teléfono móvil lo que guarda en el bolsillo», razonó. «Es él». Seguir leyendo “Al que madruga…”

Los huesos del rey

El viejo rey supo que los días de gloria eran cosa del pasado. Los plebeyos murmuraban. A lo largo y ancho del reino se decía que los buenos tiempos del soberano magnífico eran ya una leyenda, y él un anciano decrépito sin poder. Las hienas conspiraban. El tiempo de la sucesión había llegado y los candidatos a usurpar la corona continuaban con su marcha ininterrumpida hacia el trono.

—No lo entiendo, mi fiel mono —dijo el rey—. Hemos gozado de paz y abundancia desde el momento mismo en que me hice al trono. La manada es numerosa y el reino próspero. El pueblo tendría que venerar a este atribulado príncipe, pero brinda apoyo a las hienas que maquinan en las sombras para derrocarlo.

—El vulgo es traicionero y veleidoso, mi señor —replicó el mono—. Únicamente siguen al fuerte. Tan pronto se deleitan con el hedor de la blandura osan clavar el puñal.

—Que la pitón se presente ante mí —ordenó el soberano—. Deseo guía espiritual.

El sirviente obedeció. La pitón atendió el llamado y serpenteó por las sabanas reales para entrevistarse con el gobernante. Era vieja, también. Fue compañía y guía del león en sus días de juventud, dándole con sus consejos y sabiduría las llaves del reino del valle.

—Mi fiel pitón —exclamó el viejo rey al verle—. Me alegra que hayas atendido el llamado de tu príncipe.

—Jamás me negaría a usted, mi señor —respondió ella al hacer una reverencia—. No importa que el destino haya dictaminado, con una crueldad extrema, que nuestros senderos habían de separarse y mi consejo no le fuese de más de utilidad. Pero aquí está su vasalla —le dijo al elevarse sobre la cola—. Hable pues, mi soberano, que esta vieja súbdita le escucha. Seguir leyendo “Los huesos del rey”

Anciana

Entre el hollín cancerígeno de los coches

caminas sin reparar en desprecios,

tu frágil humanidad parece reventar

sin que alguien te brinde algún aprecio.

Has visto demasiados inviernos

sufrimientos maquinados en avernos,

te veo con tal carga y me pregunto:

¿de dónde sacas tu brutal fortaleza, anciana?

Eres el espíritu humano personificado

la tenacidad de la voluntad glorificada,

tus ojos gastados nos gritan hambres

tus delgados labios resecos, sed de vida.

Esa sonrisa tuya ilumina las sombras

tu alegría incontenible eriza la piel,

¿hay alguien más humano que tú?

No lo creo, mujer indigna de un rey. Seguir leyendo “Anciana”

Vergüenza de tu pueblo

Rata encorbatada que saqueas a los pueblos,

te haces elegir para escupirnos el rostro.

El tesoro público saqueas sin decoro,

plaga lanzada desde los crueles infiernos.

 

Robar es lo único que haces;

prostituta que se vende al mejor postor.

Del pueblo hambriento desdeñas el sudor,

y mueres por besarle el culo en elecciones. Seguir leyendo “Vergüenza de tu pueblo”

Te gritan puta

Licor adulterado en exceso

polvos blancos por doquier,

veinte hombres en tu haber

asiduos clientes de tu sexo.

 

Sonríes, si bien mueres por marcharte,

finges interés, si bien te importa un bledo.

Te asquea pensar que sentirás los dedos

de un borracho que paga por amarte. Seguir leyendo “Te gritan puta”

Los hombres no escuchan

Un tequila. Dos y tres. El rostro canela de aquella chica clama por auxilio. Mientras, las parejas sucumben al ritmo hechicero de la música popular y sus calzados provocan fisuras imperceptibles en las viejas baldosas de la pista de baile. «Me lleven los demonios», piensa ella. «Este niño no se calla».

Otro tequila. Aquella chica es inmune a la sobreactuación empalagosa de su galán indeseado. «Los hombres nunca escuchan, solo hablan», razona. «Lo siento, madre; en verdad lo intenté». Más tequila acompaña unas palabras de rechazo tan melosas que provocarían la envidia de cualquier diplomático endiosado. El playboy, despreciado y con el orgullo herido, se retira en silencio absoluto mientras sus amigos en la mesa de enfrente le dirigen miradas burlonas. Seguir leyendo “Los hombres no escuchan”

¿Y si muriese mañana?

 

¿He trabajado para vivir?

¿O vivo para trabajar?

Esa es la cuestión.

Yo quiero vida para soñar.

 

Si muriese mañana,

huella profunda no dejaría,

al tedio no escapé

al hedonismo di la vida.

 

Una vida efímera

una decepción perpetua,

eternidad de labores

un alma sin amores. Seguir leyendo “¿Y si muriese mañana?”