Tu amigo el tiempo

Mil noches sin dormir

un corazón roto cien veces

cuesta tanto llorar y admitir

que no calentará tu vejez.

Todo fue repentino.

No lo pediste, solo llegó

te embriagó cual dulce vino,

la resaca el alma te quebró.

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El mundo está mal

Estoy mal, tal vez

o es quizá el mundo

lo que está al revés

lo que hiede inmundo.

Los días fríos aburren

las noches cálidas enferman

injusticias las mentes carcomen

buenas ideas se sublevan.

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El tiempo lo borra todo

Sonrisa encantadora

mirada de fantasía

mujer arrolladora

diosa de la simpatía.

Los muchachos te rodean

pelean por tus palabras

te braman cual cabras

poseerte es lo que anhelan.

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Miel de limón

La multitud aplaudía. No así Yolima San José, quien sintió calores subiéndole desde el vientre a la cabeza. Pero no eran aquellos de pasión que sintió una hora antes cuando propuso a Federico Bonavitta, su novio, marcharse de la discoteca. Los aplausos continuaron. No era eso lo que provocaba la ira desaforada de la mujer. Si Federico era feliz, ella también. No le molestaba en lo absoluto que la multitud lo rodease y aplaudiera a rabiar la forma en que bailaba la música disco que, emulando la moda en los Estados Confederados de América, se había impuesto en las discotecas de San Mártir. Era la actitud de su novio lo que le sacaba de quicio.

—¿Por qué tan sola, cariño? —Un joven color canela, alto y fornido, se acercó a Yolima para hablarle con suavidad.

—No es asunto suyo.

—Es un crimen que un rostro tan hermoso como el que posees muestre ira.

—Déjeme sola —dijo ella.

—¿Algo te molesta? —Insistió él—. Soy bueno para escuchar.

—Lárguese.

—Disculpe. No la molesto más.

Yolima San José no pudo evitar el sentirse mal cuando aquel joven apuesto se despidió con expresión de niño reprendido. En ese momento no entendió el porqué. Solo supo que lo deseaba a su lado.

—Perdona mi altanería. —Le tomó por el brazo—. Mi nombre es Yolima. Seguir leyendo “Miel de limón”

Al Rock & Roll

Ritmo del cielo

eres al oído todo lo bueno

te idolatro desde pequeño

retumbarás en mi fosa de viejo.

Patea el reguetón

abofetea las norteñas

húrtame el corazón

besa las damas que sueñan.

¡Que suene esa guitarra! Seguir leyendo “Al Rock & Roll”

El tiempo lo acaba (casi) todo

Era una buena noche para Tomás Vercetti. Su habitual cacería de los viernes parecía encaminarse hacia un resultado positivo. Una grande sonrisa adornaba su rostro, pues tenía certeza de que un par de tragos más de ron serían suficientes para que su acompañante sucumbiera al encanto de la palabrería melosa.

—Sabes —dijo Vercetti a la chica mientras servía, coqueto, un par de tragos—, en ocasiones pienso que la existencia es un videojuego. Parece nos movemos por la gracia de un jugador que decide en todo momento sobre nosotros y lo que hacemos o no.

—Y eso —la chica bebió el trago servido por Tomás Vercetti. Sus mejillas adquirieron cierta tonalidad rojiza—, hip, ¿eso qué significa?

—Significa que tú y yo nos conocimos por la voluntad de un ser superior —respondió él. Luego bebió su trago—. Llámalo Dios. O el jugador, como lo hago yo; como sea, nos quiere juntos. Él quiso que yo te conociera hoy, belleza sin par en esta fría ciudad, y que te jurase el amor eterno que desespero por jurar. Me has flechado con la potencia de un rayo, mujer —continuó el sujeto mientras acariciaba bajo la mesa el muslo firme y carnoso de la chica—, y en este mismo instante me resulta imposible admirar algo diferente a tu dulce aroma, tu ingenio superior y belleza divina. Mujer fatal, ¿en dónde estuviste toda mi vida? Tantas noches te supliqué al jugador…

La chica le besó en los labios. Lo hizo con pasión. Luego sirvió un par de tragos más.

—No pensé que un hombre guapo como tú hablase tan bonito —dijo ella—. Creo que tienes razón. Es la voluntad, hip, de Dios que nos conociéramos esta noche.

—¿Te gustaría que fuésemos a charlar a un sitio más tranquilo? —replicó Vercetti. Supo que el momento había llegado—. En este bar no podemos hablar a gusto.

Ella accedió. Ambos bebieron los dos tragos que ella había servido y buscaron sus abrigos. Vercetti pagó la cuenta y haciendo alarde de caballerosidad puso su abrigo sobre la cabeza de la chica, pues fingió importarle que sus cabellos negros se empaparan y aquel elaborado peinado se estropease. La pareja se dirigió a la salida del bar para buscar un taxi que los llevara al apartamento de Tomás, pero algo capturó la atención del sujeto. Pronto olvidó a su acompañante y abandonó la idea de una noche de pasión felina con ella. Concentró la mirada en un rostro irresistible para él. Y muy familiar. Seguir leyendo “El tiempo lo acaba (casi) todo”

Jamás me olvidarás

Nunca podrás.

No importa cuánto lo desees

o cuánto lo intentes

jamás podrás.

Marqué tu alma

rayé tu cuerpo

te subí al cielo

y enseñé el infierno.

Nuestros cuerpos se bebieron

las almas se carcomieron,

nos reventamos los labios

no importaron los horarios. Seguir leyendo “Jamás me olvidarás”