Los huesos del rey

El viejo rey supo que los días de gloria eran cosa del pasado. Los plebeyos murmuraban. A lo largo y ancho del reino se decía que los buenos tiempos del soberano magnífico eran ya una leyenda, y él un anciano decrépito sin poder. Las hienas conspiraban. El tiempo de la sucesión había llegado y los candidatos a usurpar la corona continuaban con su marcha ininterrumpida hacia el trono.

—No lo entiendo, mi fiel mono —dijo el rey—. Hemos gozado de paz y abundancia desde el momento mismo en que me hice al trono. La manada es numerosa y el reino próspero. El pueblo tendría que venerar a este atribulado príncipe, pero brinda apoyo a las hienas que maquinan en las sombras para derrocarlo.

—El vulgo es traicionero y veleidoso, mi señor —replicó el mono—. Únicamente siguen al fuerte. Tan pronto se deleitan con el hedor de la blandura osan clavar el puñal.

—Que la pitón se presente ante mí —ordenó el soberano—. Deseo guía espiritual.

El sirviente obedeció. La pitón atendió el llamado y serpenteó por las sabanas reales para entrevistarse con el gobernante. Era vieja, también. Fue compañía y guía del león en sus días de juventud, dándole con sus consejos y sabiduría las llaves del reino del valle.

—Mi fiel pitón —exclamó el viejo rey al verle—. Me alegra que hayas atendido el llamado de tu príncipe.

—Jamás me negaría a usted, mi señor —respondió ella al hacer una reverencia—. No importa que el destino haya dictaminado, con una crueldad extrema, que nuestros senderos habían de separarse y mi consejo no le fuese de más de utilidad. Pero aquí está su vasalla —le dijo al elevarse sobre la cola—. Hable pues, mi soberano, que esta vieja súbdita le escucha. Seguir leyendo “Los huesos del rey”

¿Qué has logrado?

Horas tras un escritorio.

¿Y qué diablos logras?

La vida se te escurre,

¿y qué diablos logras?

 

Bonita oficina,

bonito teléfono.

¿Y qué diablos logras?

Tal vez un rostro monótono. Seguir leyendo “¿Qué has logrado?”

Mundo de Dioses

Los hermanos maldijeron su suerte. Habían de hacerlo durante toda su existencia desgraciada. A pesar de presenciar tantas lunas en los cielos negros de tan largas y gélidas noches, aún guardaban esa rabia que consumía sus corazones destrozados y les otorgaba la fortaleza necesaria para maldecir como dementes; pues hasta para maldecir es necesaria la motivación en el espíritu mundano.

Mucho tiempo transcurrió desde aquel instante en el cual los arrancaron con crueldad aberrante del calor protector de su madre. Eran todavía un par de tiernos infantes sin padre. Y en su vida adulta no conocieron otro rostro más allá de los suyos propios y el de aquel personaje que les fastidió la vida. Ese a quien llamaban, con ira y temor, «el demonio gigante».

—Soñé con él de nuevo. —dijo Pedro. Sonrió a su hermano. Sentados descansaban con la espalda apoyada en los barrotes fríos de la sucia celda—. El dios gigante pronto acudirá en nuestra ayuda. En mi sueño fuimos rescatados por un hermoso ángel de ojos color miel que el salvador envió. ¡Pronto seremos libres!

—Sueñas con ese dios todos los malditos días, hermano. Y no veo que sueño alguno se convierta en realidad —replicó Tomás—. Ya no guardo esperanza. El demonio malvado venció. El creador nos abandonó.

—¡No blasfemes! Estoy seguro de que el señor nos liberará. Me ha mostrado al bello ángel que pronto nos rescatará.

—Este demonio nos asesinará. —Tomás se recostó sobre el piso de la prisión. Sintiose débil. Prefirió descansar—. Sus conjuros y maldiciones en esa lengua tan extraña nos matan con lentitud. Me siento enfermo. Ya no estoy a plenitud.

—Resiste, mi hermano. Pronto correremos libres por las praderas verdes del paraíso y el dulce aroma de la libertad embriagará nuestros sentidos —dijo Pedro. Sus ojos brillaron al pronunciar tales esperanzas—. Seremos felices y el demonio gigante poco más que un recuerdo amargo de un tiempo desdichado.

—Ojalá…

Tomás cayó en un sueño profundo, no sin antes maldecir al ser malvado que de libertad les privó. No comía nada desde el día anterior. Se acumulaba la comida escasa que le brindaban en prisión. Y en el sueño se lamentó:

 «Destino cruel que la libertad anhelada nos arrebató.

Y al demonio nos arrojó.

Se empeña, indolente y sádico, en enviarnos castigo,

este sufrimiento le proporciona alivio».

El hermano menor mucho se agravó. Enflaqueció. Y su cuerpo porquerías expulsaba todo el día. Pedro por él velaba, pero su hermano en nada mejoraba. Empeoró. Solo agua bebía. Pedro al demonio por ayuda suplicó. Pero este no se la brindó. Ni tan siquiera le entendió. El gigante, al ver a Tomás en tan mala condición, solo atinó a bañarlo con un chorro de agua helada. Ningún auxilio le prestó. Parecía no importarle el que su vida insignificante se agotara. Seguir leyendo “Mundo de Dioses”