Anciana

Entre el hollín cancerígeno de los coches

caminas sin reparar en desprecios,

tu frágil humanidad parece reventar

sin que alguien te brinde algún aprecio.

Has visto demasiados inviernos

sufrimientos maquinados en avernos,

te veo con tal carga y me pregunto:

¿de dónde sacas tu brutal fortaleza, anciana?

Eres el espíritu humano personificado

la tenacidad de la voluntad glorificada,

tus ojos gastados nos gritan hambres

tus delgados labios resecos, sed de vida.

Esa sonrisa tuya ilumina las sombras

tu alegría incontenible eriza la piel,

¿hay alguien más humano que tú?

No lo creo, mujer indigna de un rey. Seguir leyendo “Anciana”

El tiempo lo acaba (casi) todo

Era una buena noche para Tomás Vercetti. Su habitual cacería de los viernes parecía encaminarse hacia un resultado positivo. Una grande sonrisa adornaba su rostro, pues tenía certeza de que un par de tragos más de ron serían suficientes para que su acompañante sucumbiera al encanto de la palabrería melosa.

—Sabes —dijo Vercetti a la chica mientras servía, coqueto, un par de tragos—, en ocasiones pienso que la existencia es un videojuego. Parece nos movemos por la gracia de un jugador que decide en todo momento sobre nosotros y lo que hacemos o no.

—Y eso —la chica bebió el trago servido por Tomás Vercetti. Sus mejillas adquirieron cierta tonalidad rojiza—, hip, ¿eso qué significa?

—Significa que tú y yo nos conocimos por la voluntad de un ser superior —respondió él. Luego bebió su trago—. Llámalo Dios. O el jugador, como lo hago yo; como sea, nos quiere juntos. Él quiso que yo te conociera hoy, belleza sin par en esta fría ciudad, y que te jurase el amor eterno que desespero por jurar. Me has flechado con la potencia de un rayo, mujer —continuó el sujeto mientras acariciaba bajo la mesa el muslo firme y carnoso de la chica—, y en este mismo instante me resulta imposible admirar algo diferente a tu dulce aroma, tu ingenio superior y belleza divina. Mujer fatal, ¿en dónde estuviste toda mi vida? Tantas noches te supliqué al jugador…

La chica le besó en los labios. Lo hizo con pasión. Luego sirvió un par de tragos más.

—No pensé que un hombre guapo como tú hablase tan bonito —dijo ella—. Creo que tienes razón. Es la voluntad, hip, de Dios que nos conociéramos esta noche.

—¿Te gustaría que fuésemos a charlar a un sitio más tranquilo? —replicó Vercetti. Supo que el momento había llegado—. En este bar no podemos hablar a gusto.

Ella accedió. Ambos bebieron los dos tragos que ella había servido y buscaron sus abrigos. Vercetti pagó la cuenta y haciendo alarde de caballerosidad puso su abrigo sobre la cabeza de la chica, pues fingió importarle que sus cabellos negros se empaparan y aquel elaborado peinado se estropease. La pareja se dirigió a la salida del bar para buscar un taxi que los llevara al apartamento de Tomás, pero algo capturó la atención del sujeto. Pronto olvidó a su acompañante y abandonó la idea de una noche de pasión felina con ella. Concentró la mirada en un rostro irresistible para él. Y muy familiar. Seguir leyendo “El tiempo lo acaba (casi) todo”

Blanca navidad parte 1

No comprendió la niña el porqué de la injusticia. Cada día de navidad era lo mismo: poco importaba cuán bien se comportase, el hada blanca jamás cumplía sus deseos. Nunca obsequió algo de lo que ella y su hermana, con ilusión infinita, suplicaban en las cartas.

—El hada blanca de la navidad nos odia —dijo, exasperado, uno de sus amigos.

—Te equivocas —gruñó ella.

—Tonta —Los infantes lanzaron una mueca burlona hacia su amiga—, búscanos cuando aceptes la realidad.

Esperanza di María se encontró sola en medio de la noche cálida. Ella y sus amigos habían pasado la tarde del día de navidad en el barrio opulento con la esperanza ingenua de que así el hada los recordaría. Al verlos allí, pensaron, les colmaría de obsequios tal como lo hacía con los niños ricos. Pasaron horas en aquel lugar donde recibieron frías miradas de desprecio. Y nada sucedió. El hada no se presentó.

«Tal vez tengan razón», meditó Esperanza al pensar en sus amigos y emprendió el viaje de regreso a casa. Tan sumergida en sus pensamientos caminaba por las calles que no reparó en los coches de los millonarios irrespetando los semáforos. Casi fue atropellada al intentar cruzar la calle. Un Mercedes Benz se vio obligado a frenar con todo su poderío.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el conductor. Había descendido del vehículo para cerciorarse de que la infante no estuviese herida.

«Qué extraño. Los ricos nunca son amables», pensó ella. Recordó que noches atrás había sucedido lo mismo y nadie se preocupó; todo lo contrario, le gritaron que era una tonta. Seguir leyendo “Blanca navidad parte 1”

Te gritan puta

Licor adulterado en exceso

polvos blancos por doquier,

veinte hombres en tu haber

asiduos clientes de tu sexo.

 

Sonríes, si bien mueres por marcharte,

finges interés, si bien te importa un bledo.

Te asquea pensar que sentirás los dedos

de un borracho que paga por amarte. Seguir leyendo “Te gritan puta”

No lo quiero

La maldita idea me repugna

horroriza mi espíritu el pensarlo,

de veras que solo deseo rechazarlo

pues tal oferta mi alma impugna.

 

No quiero hacerlo, pero tengo qué.

Tan insulso trabajo me robará vida,

a un frío abismo llevará mis rimas

y mi psique llenará de achaques.

 

¿Cómo decir no? Sería un egoísta,

pues a mi familia debo comodidades.

Y sus sonrisas son música a mi vista.

 

¡Eh, amigo, vamos adelante! me digo.

Lo hago para darme buen coraje.

Finjo risa en mi semblante. Y maldigo.

Imagen: Pixabay

Limón dulce, vainilla amarga

I

La joven hermosa se permitió una sonrisa. Esa noche estrellada de viernes brindó un poco de alegría a su corazón indiferente. Encontró el tedio de la existencia algo soportable al contemplar los rayos blancos de la luna a través de la ventana de cristal azul en su cuarto. Se desnudó. Sintió el frío del mármol en los pies. Caminó sin prisa hacia el cuarto de baño. Una ducha caliente tomó. Mientras restregaba el jabón sobre sus senos firmes de rosados pezones, contempló las posibilidades que traería la noche de fiesta desenfrenada. «Drogas, licor y sexo», pensó. «Lo de siempre».

Solo eso deseaban los amigos de su círculo social. Y si bien ella disfrutó por un par de años de lugares tan comunes al mundo moderno del hombre, un pensamiento se abrió paso en su mente y corazón: «quiero más. La vida ha de ser más que esto. No logro descubrir qué es, pero mi alma lo busca».

Una toalla limpia tomó. Su cuerpo secó. Primero los pies de forma geométrica perfecta y suavidad extravagante. Ni la más pretenciosa princesa de rancia dinastía europea los poseyó jamás tan hermosos. Luego los blancos muslos carnosos, deleite suplicado por las manos de millones de varones lujuriosos. Y después el vientre perfecto destinado a albergar a los héroes del mundo por venir. La joven tomó su tiempo. Pareció sospechar que los ángeles lascivos se deleitaban con la visión imponente de su cuerpo al desnudo. El agua de su cabello emprendió la retirada por orden divina. No hubo necesidad de secarlo. Y la áspera tela de la toalla se negó a causar la más mínima imperfección en ese rostro que revelaba el arte sublime de la naturaleza. ¿Venus de Milo? ¿Afrodita? ¿Mujeres imbéciles que ascienden a los cielos en patios mugrosos de pueblos olvidados? ¡Bah! No serían más que carnes de alimaña a su lado.

Catalina Von Hannover decidió vestirse tras ganar la envidia de generaciones enteras de mujeres que murieron con el deseo fervoroso de causar en los hombres lo que a ella no le costaba esfuerzo alguno. Las ropas del mundo civilizado, si bien costosas y pretenciosas, no hicieron justicia a su hermosura. Grandes sastres de los tiempos antiguos se retorcieron en sus tumbas olvidadas. Clamaron a la voluntad revelada por una oportunidad para regresar y vestir a tan graciosa criatura con las telas más imponentes que la imaginación del hombre pudiera concebir. Su deseo fue ignorado. «Solo observen», se les dijo. «Tras eones tendrán otra oportunidad».

Pintura labial color rosa y un poco de polvos para el rostro, los cuales, en un acto de sinceridad espontáneo, confesaron al viento la inutilidad en su uso. Catalina estuvo lista. «Nos vemos en un par de horas, madre, padre». Beso en la mejilla. Mirada triste y perdida. «Pórtate bien, hija. No regreses a casa en la madrugada», respuesta fría. El hombre y la mujer habían sucumbido muchos años atrás a la desidia inoculada por los placeres de la opulencia. La joven abandonó la mansión. La odió. A ellos también. «Son unos imbéciles», razonó. Caminó. El automóvil de sus amigas abordó. Un trago de licor bebió. Su espíritu se desinhibió. Y el cielo se lamentó: «nuestro tesoro será tocado por los dedos insípidos de necios sin remedio», reclamó.

Tras treinta minutos de marcha el grupo de jóvenes arribó a la discoteca. El reino de la apariencia. Recién había iniciado la fiesta. Las condujeron a su mesa. Un trago, un gramo, y a la pista. Las jóvenes danzaron al son de la música estridente y las miradas deseosas de hombres que anhelaban convertirse en los machos sementales de aquella manada de leonas imponentes. Y los leones aspirantes sintieron perder el semblante. Y la cordura. Catalina los llevó al borde de la desesperación. Sus cuerpos jóvenes reclamaron una satisfacción. La mayoría no tuvo el valor para intentarlo. Tan magnífica criatura les atrofió el don del habla. Y la lucidez. No se atrevieron a cortejarla. Creyeron perder la cabeza en el intento. Catalina, de viaje por mundos extraños de colores ácidos, observó a sus amigas partir, una tras otra, con jóvenes sin elegancia que en los cuartos de baño les ofrecieron breves estancias de placer. Lo deseó. Su vientre lo exigió. La iniciativa tomó. Un tonto afortunado estuvo en el lugar y momento adecuados. Y otra vez el cielo se lamentó. La fuente de vida lo maldijo: «tonto con suerte. Pronto serás un cadáver viviente».

La pareja ingresó al improvisado cuarto de amor. Un retrete sucio los acogió. El necio con suerte no sabía qué hacer. Catalina se fastidió, pero la sangre le hirvió. El deseo la atrapó. A su pareja guio. Lo hizo luego de ingerir otro gramo de conformismo. Lo desnudó. El necio, por instinto, su miembro le introdujo. Creyó tocar las nubes. Sensaciones cálidas y movimientos sensuales lo hicieron estallar. El acto no duró. El tonto nada soportó. Tal ninfa jamás obtendría de un mortal lo que su sangre reclamaba. Nadie más que la voluntad revelada complacería sus demandas.

La hermosura encarnada regresó con sus amigas. El efecto producido por las sustancias nebulosas abandonó poco a poco su cerebro. Se arrepintió. Sintió caer. Y arder en una hoguera de aburrimiento y existencia sin sentido. Y solo había una forma de soportar tal infierno decadente:

—Dame otro gramo —dijo a una de sus amigas.

Así transcurría la vida de Catalina Von Hannover. Una vida escrita para la intrascendencia. Seguir leyendo “Limón dulce, vainilla amarga”

Vida insípida y dulce

Vida efímera, vida amarga,

Oh, existencia extraña que trae pesadas cargas.

Vida, efímera, vida amarga,

¿Vale la pena esperar tus pequeñas gracias? Seguir leyendo “Vida insípida y dulce”